Salir a correr está de moda. Y no es para menos: es barato, se puede hacer en cualquier parte y mejora la salud física y mental. Sin embargo, como todo en exceso, también puede convertirse en un problema. En los últimos años, los profesionales de la salud mental han comenzado a detectar un fenómeno creciente: la runnorexia, una obsesión por correr que roza la adicción y que puede esconder un desequilibrio emocional serio.
Aunque aún no aparece como trastorno reconocido en los manuales diagnósticos, la runnorexia es ya un término utilizado de forma habitual por psicólogos, entrenadores y médicos deportivos para describir un comportamiento compulsivo hacia el running, donde la actividad física deja de ser una afición o un hábito saludable y se convierte en una obligación autoimpuesta.
La runnorexia
El nombre viene de la combinación de runner (corredor) y anorexia, lo que da una pista importante: en muchos casos, la necesidad de correr no responde solo a una pasión por el deporte, sino a una necesidad de control, de quemar calorías o de cumplir con un ideal físico. Es frecuente encontrarla en personas que ya tienen antecedentes de trastornos de la conducta alimentaria o una fuerte autoexigencia personal.
El problema no está en correr mucho. Hay deportistas de élite que entrenan varias veces al día. El problema aparece cuando la persona no puede dejar de correr, incluso si está lesionada, enferma, agotada o con otras prioridades. Cuando el cuerpo pide descanso y la mente lo ignora por miedo, culpa o ansiedad.
Quien padece runnorexia suele experimentar malestar si no corre: irritabilidad, sensación de haber “fallado”, culpabilidad o incluso ansiedad física. También pueden aparecer lesiones por sobreentrenamiento, alteraciones del sueño, agotamiento crónico y aislamiento social. Todo gira en torno al entrenamiento, el cronómetro y el peso corporal.
A menudo, estas personas racionalizan su conducta. Lo justifican como una cuestión de salud o superación personal. Pero si correr pasa de ser una fuente de bienestar a una fuente de estrés, algo se ha torcido.
Obsesión socialmente bien vista
Lo difícil de la runnorexia es que socialmente está muy bien vista. Admiramos a quienes madrugan para correr, quienes se superan cada semana, quienes entrenan llueva o truene. Pero en ese aplauso generalizado a la constancia y el esfuerzo se puede colar una conducta dañina que pasa desapercibida. Porque no todo lo que se disfraza de fuerza de voluntad es saludable.
Además, muchas personas con runnorexia no buscan ayuda porque no creen que tengan un problema. Consideran que simplemente “tienen fuerza de voluntad” o que “están comprometidas con su estilo de vida”. Pero si el deporte se convierte en una prisión, aunque sea con forma de zapatillas y pulsómetro, sigue siendo una forma de huida.
Qué hacer si se sospechas que tú o alguien cercano lo padece
Lo más importante es observar la relación emocional que se tiene con el ejercicio. ¿Correr es una elección o una obligación? ¿Se puede descansar sin culpa? ¿Hay espacio para otras cosas en el día a día? Si las respuestas empiezan a mostrar rigidez, puede ser el momento de consultar con un psicólogo, especialmente si hay antecedentes de ansiedad, depresión o trastornos de la conducta alimentaria.
Según Mª Ángeles Fernández Bacigalupe, Psicóloga licenciada por la Universidad de Salamanca en MFBPsicólogía: «En muchos casos, no se trata de dejar de correr, sino de reaprender a hacerlo desde otro lugar: el placer, el autocuidado, el disfrute, la conexión con el cuerpo en lugar de su castigo. La actividad física es una herramienta potentísima para la salud, pero como toda herramienta, puede volverse peligrosa si se usa con fines equivocados.«
Correr no debería doler, ni física ni emocionalmente. Si el deporte empieza a hacer daño, toca parar, mirar hacia dentro y volver a empezar desde otro sitio. Porque la salud no se mide en kilómetros. Se mide en equilibrio.






