The Lancet publica un nuevo informe sobre las tasas de mortalidad: 76 años de vida para las mujeres y 71 para los hombres.
El nuevo análisis demográfico del estudio Global Burden of Disease (GBD 2023), publicado en The Lancet, ofrece una radiografía nítida de la mortalidad: el planeta ha recuperado en 2023 la esperanza de vida que la COVID-19 le arrebató y la mortalidad ajustada por edad sigue una pendiente descendente que arranca en 1950. La obra, que estima tasas de mortalidad y esperanza de vida por edad y sexo en 204 países y 660 áreas subnacionales, se apoya en cientos de miles de fuentes y consolida al GBD como el “sistema contable” de referencia en salud global. No hay un único titular, pero sí una idea central: vivimos más y mejor que hace setenta años, aunque no en todas partes ni a todas las edades.
Los autores describen un “rebote” pospandemia que deja la esperanza de vida global en torno a 76,3 años para las mujeres y 71,5 para los hombres, cifras que devuelven el reloj a niveles de 2019 tras el bache de la COVID-19. El avance no es un espejismo: todos los países y territorios registran descensos en la mortalidad estandarizada, y el conjunto mundial encadena una reducción cercana al 67% de la mortalidad por edad desde 1950, pese a que hoy muere más gente en términos absolutos por efecto del envejecimiento y el crecimiento demográfico. Esa doble realidad —tasas en caída, números absolutos en ascenso— es la que explica que convivan titulares optimistas con cifras que impresionan, como los más de 60 millones de defunciones en 2023 estimadas por el consorcio.
En EEUU y Latinoamérica las muertes de adultos jóvenes aumentan debido al aumento de suicidios, consumo de drogas y alcohol
La película cambia cuando la cámara se acerca a los 10–39 años. En Norteamérica y parte de Latinoamérica, los fallecimientos de adolescentes y adultos jóvenes no solo no bajan: suben, empujados por suicidio y consumo de drogas y alcohol, con un repunte claro entre mujeres jóvenes. En África subsahariana, el patrón es otro: siguen pesando infecciones prevenibles, lesiones no intencionales y causas maternas. Es lo que varios autores ya llaman una “crisis emergente” de juventud: una anomalía dentro de la tendencia global de mejora que exige políticas a medida y urgentes.
La jerarquía de causas mortales ha vuelto a su sitio tras el pico pandémico. La COVID-19, que llegó a encabezar la lista en 2021, cae hasta aproximadamente el vigésimo lugar en 2023. Recuperan la cabecera las enfermedades de siempre —cardiopatía isquémica, ictus, EPOC— y, con ellas, el mensaje incómodo de larga duración: el grueso de la mortalidad mundial es crónica y, en buena medida, prevenible si se controla la hipertensión, se reduce el tabaquismo y se limpia el aire que respiramos. Son las palancas con más años de vida “en oferta” según el paquete GBD 2023 y la documentación técnica que lo acompaña.
Que la esperanza de vida remonte no significa que la geografía haya dejado de importar. La brecha sigue ahí: mientras las regiones ricas se mueven en horquillas cercanas a los 83 años, África subsahariana permanece anclada alrededor de los 62. El mapa de la mortalidad de 2023 es, en ese sentido, un espejo de desigualdades estructurales: acceso a atención primaria, cobertura vacunal, control de riesgos cardiovasculares, seguridad vial, salud mental. La ciencia demográfica del GBD no dicta políticas, pero sugiere prioridades difíciles de ignorar.
También hay señales de progreso fuera del foco mediático. La mortalidad infantil mantiene su descenso estructural y, en 2023, se estiman 4,8 millones de muertes antes de los cinco años, la mitad que a principios de siglo. Detrás están las vacunas, la mejora de la atención al parto y a los recién nacidos y el control de infecciones comunes. La cifra aún es inaceptable, pero confirma que cuando la prevención básica llega a tiempo, salva vidas a gran escala.
El valor del GBD 2023 no es solo descriptivo. Su metodología —modelos bayesianos que armonizan registros civiles, encuestas y censos para generar series comparables por lugar, edad, sexo y año— permite medir con la misma vara fenómenos muy distintos y detectar cambios sutiles en cohortes concretas. De ahí que el aviso sobre la juventud tenga tanto peso: no es una anécdota estadística, es un quiebro del patrón histórico que se repite en países y estados, y que casa con el aumento de trastornos mentales y la expansión de opioides y drogas sintéticas en algunos mercados.
Para las agendas públicas, el mensaje es pragmático. Donde empeora la mortalidad de 10 a 39 años, la prioridad pasa por salud mental, prevención de sobredosis y reducción de daños, además de políticas de seguridad vial y control del alcohol. En los países con cargas persistentes de infecciones y causas maternas, la ecuación sigue siendo vacunar, reforzar la atención primaria y asegurar partos seguros. En todas partes, la aritmética de los años de vida ganados apunta a lo mismo: detectar y tratar la hipertensión, reducir el tabaco y mejorar la calidad del aire es la inversión con mayor retorno poblacional. No hace falta esperar nuevas tecnologías para aplicar ese menú.
En España la esperanza de vida ha subido a los 83 años (81,11 en hombres y 86,34 en mujeres)
Al cierre, una nota local. España registró 433.163 defunciones en 2023, un 6,7% menos que en 2022. La tasa bruta de mortalidad quedó en 895,4 por 100.000 habitantes y la esperanza de vida al nacer subió hasta 83,77 años (81,11 en hombres y 86,34 en mujeres). El retrato es compatible con la foto internacional: tasas que vuelven a la normalidad pospandemia y un país que recupera su longevidad característica, con el reto de sostenerla en un contexto de envejecimiento acelerado.






