Un nuevo estudio publicado en The BMJ concluye que no hay asociación entre el uso prolongado de fármacos como el Omeprazol y el riesgo de cáncer de estómago
El omeprazol es uno de esos fármacos que casi todo el mundo reconoce por su nombre. Se toma para el reflujo, para la gastritis, para la úlcera y, a veces, como “protector” cuando hay antiinflamatorios de por medio. Funciona. Y precisamente por eso, cuando aparece el rumor de “¿y si da cáncer?”, la inquietud se entiende.
Durante años, la frase “el omeprazol da cáncer” ha ido y venido como un mal estribillo. A veces reaparece en forma de titular contundente, otras como captura de WhatsApp, y otras como una duda razonable en consulta: “Doctor, ¿esto es seguro si lo tomo tanto tiempo?”.
El 22 de enero de 2026, Science Media Centre España ha difundido un análisis sobre un nuevo estudio publicado en The BMJ que concluye que no hay asociación entre el uso prolongado de inhibidores de la bomba de protones (como el omeprazol) y el riesgo de adenocarcinoma gástrico no cardias (uno de los subtipos más frecuentes)
Los investigadores usaron registros sanitarios nacionales de Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia entre 1994 y 2020, con 17.232 casos de adenocarcinoma gástrico no cardias y 172.297 controles (10 por cada caso), emparejados por edad, sexo, año y país.
Definieron “uso prolongado” como más de un año y aplicaron una decisión clave: excluir la exposición del año previo al diagnóstico (o al momento de inclusión en controles). ¿Por qué importa tanto ese “año de margen”? Porque reduce el riesgo de caer en el sesgo más traicionero de todos: que el paciente empiece con acidez o molestias por un cáncer todavía no diagnosticado, le receten un IBP, y el fármaco quede señalado como culpable cuando en realidad fue un marcador de que el problema ya estaba empezando.
Además, ajustaron por factores que pesan de verdad en el cáncer gástrico, incluyendo tratamiento de erradicación de H. pylori, antecedentes de úlcera, enfermedades relacionadas con tabaco y alcohol, obesidad o diabetes tipo 2, y ciertos medicamentos.
Con ese enfoque, el resultado central es muy claro: no encontraron asociación entre uso prolongado de IBP y ese tipo de cáncer gástrico. El dato resumido que publica The BMJ es casi “aburrido” (y eso, en seguridad farmacológica, suele ser buena noticia): odds ratio ajustada 1,01 con intervalo de confianza 0,96 a 1,07. En la práctica, significa que el riesgo observado es, estadísticamente, compatible con “igual que no tomarlos”.
Science Media Centre España, que ha recogido reacciones de expertos, subraya precisamente el punto que más calma debería dar al público: al reintroducir en análisis de sensibilidad las limitaciones típicas (por ejemplo, no separar bien subtipos, incluir uso muy cercano al diagnóstico, no ajustar por H. pylori), vuelven a aparecer incrementos de riesgo, lo que sugiere que parte de la evidencia previa podía estar inflada por sesgos más que por un efecto causal.
Ahora bien, como recuerdan los propios autores y los expertos, sigue siendo un estudio observacional. No puede demostrar causalidad con la contundencia de un ensayo clínico, y hay variables que no siempre se capturan bien en registros (dieta, historia familiar, gravedad exacta de los síntomas, etc.). Además, el estudio se centra en un subtipo (el más frecuente), pero no cubre todos los tumores posibles del estómago.
La conclusión del estudio encaja con otra investigación de 2026: El omeprazol no “provoca” un cáncer por tapar síntomas, pero puede contribuir a que se diagnostique más tarde si se utiliza como parche
Aun así, cuando un estudio es tan grande, tan largo en el tiempo y tan cuidadoso con los sesgos clásicos, su mensaje pesa. Y encaja con otra investigación reciente en PLOS Medicine (enero de 2026) que insiste en la misma idea: muchas asociaciones previas pueden explicarse por causalidad inversa (el fármaco se inicia por síntomas tempranos del cáncer) y por confusión por indicación (quién lo toma y por qué).
Si tomas omeprazol porque te lo han indicado bien —reflujo con esofagitis, úlcera, prevención con antiinflamatorios en pacientes de riesgo, síndrome de Zollinger-Ellison, o como parte de tratamientos de erradicación de H. pylori—, este estudio aporta un mensaje razonable: no hay base para vivir con miedo a que, por sí mismo, te esté empujando a un cáncer gástrico de este tipo.
Lo que sí sigue siendo sensato (y aquí no hace falta dramatizar) es usarlo como se recomienda en ficha técnica:
- Si llevas más de un año con un IBP, debe haber vigilancia clínica periódica.
- Y si aparecen síntomas de alarma, no es momento de subir dosis ni de “tirar con el protector”: es momento de valorar y descartar causas serias
Esto último es clave para entender cómo nace y se perpetúa el rumor: el omeprazol no “provoca” un cáncer por tapar síntomas, pero puede contribuir a que se diagnostique más tarde si se usa como parche. Y eso, en salud digestiva, importa.






