Un estudio de la Universidad de Monash ha concluido que escuchar música reduce un 39 % el riesgo de desarrollar demencia. Quienes tocaban un instrumento de forma habitual un 35 %, y quienes combinaban escucha y práctica musical mostraban una reducción del 33 %.
En muchas residencias se repite la misma escena. Un hombre que apenas articula palabra, que ya no reconoce a sus hijos, parece ausente durante horas. Hasta que suena un pasodoble, una copla o la canción que bailó el día de su boda. De repente, mueve los labios, marca el ritmo con los dedos, mira a quien tiene delante como si regresara, por un instante, desde algún lugar muy lejano.
Lo que durante años se interpretó como un momento entrañable sin demasiada explicación tiene hoy detrás un cuerpo creciente de datos. La música no cura el Alzheimer ni detiene la neurodegeneración, pero la investigación está confirmando que puede ayudar a retrasar el deterioro, aliviar síntomas y sostener la calidad de vida de pacientes y cuidadores.
La demencia es ya uno de los grandes desafíos sanitarios del siglo XXI. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en 2021 había 57 millones de personas con demencia en el mundo, con casi 10 millones de nuevos casos cada año. La cifra se disparará hasta los 78 millones en 2030 y en torno a 139 millones en 2050, con un coste global que ya rondaba los 1,3 billones de dólares en 2019.
Entre el 60 % y el 70 % de esos casos están relacionados con la enfermedad de Alzheimer, la forma más frecuente de demencia. Y, a día de hoy, los tratamientos farmacológicos disponibles ofrecen beneficios limitados. En paralelo a la búsqueda de nuevos fármacos, los organismos internacionales insisten en la necesidad de estrategias no farmacológicas que prevengan, retrasen o mitiguen los síntomas.
Los investigadores siguieron durante alrededor de una década a más de 10.800 personas mayores de 70 años
Un gran longitudinal liderado por la Universidad de Monash, en Australia, ha aportado datos llamativos. Los investigadores siguieron durante alrededor de una década a más de 10.800 personas mayores de 70 años, participantes en el estudio ASPREE y su extensión ALSOP, sin demencia al inicio. Analizaron sus hábitos relacionados con la música y su evolución cognitiva.
Los resultados, publicados en 2025, muestran que quienes afirmaban escuchar música presentaban un 39 % menos de riesgo de desarrollar demencia que quienes lo hacían rara vez o nunca. Quienes tocaban un instrumento de forma habitual tenían un 35 % menos de riesgo, y quienes combinaban escucha y práctica musical mostraban una reducción del 33 % en el riesgo de demencia y del 22 % en el riesgo de deterioro cognitivo sin demencia.
Los participantes más vinculados a la música también obtuvieron mejores puntuaciones globales en pruebas de memoria y otras funciones cognitivas.
Los propios autores, sin embargo, insisten en un matiz crucial: se trata de un estudio observacional, que demuestra asociación, no causalidad. Es posible que quienes se implican en actividades musicales también tengan otros hábitos protectores —mayor actividad social, más ejercicio, mejor salud global— que contribuyen a ese menor riesgo. Aun así, los resultados encajan con otros trabajos que vinculan la participación en actividades creativas y de ocio intelectual con un menor riesgo de demencia en la vejez.
El mensaje que se abre camino entre los expertos es prudente pero optimista: la música parece ser una pieza más de ese estilo de vida que protege el cerebro, junto al ejercicio, una buena alimentación, el control de la tensión arterial o el abandono del tabaco.
La combinación de musicoterapia activa y canto fue la que mostró un mayor impacto en los síntomas depresivos y está asociado a una menor necesidad de fármacos.
Una de las áreas donde la música ha mostrado resultados más claros es en los llamados síntomas conductuales y psicológicos de la demencia: agitación, gritos, agresividad, irritabilidad, apatía, episodios de ansiedad o tristeza intensa.
Un metaanálisis sobre el efecto de la música en la agitación, que agrupó distintos ensayos clínicos, observó un efecto global de magnitud media: las personas expuestas a intervenciones musicales presentaban niveles significativamente menores de agitación que los grupos control.
Revisiones más recientes, que analizan intervenciones musicales en síntomas conductuales, hablan de mejoras pequeñas pero clínicamente relevantes en agitación, ansiedad y estado de ánimo, con resultados más consistentes cuando las sesiones son regulares, están adaptadas al perfil de la persona y son dirigidas por profesionales formados.
En paralelo, un metaanálisis en red publicado en 2024, que incluyó 14 ensayos aleatorizados con 1.080 personas con demencia, comparó distintos tipos de intervención musical. La combinación de musicoterapia activa y canto fue la que mostró un mayor impacto en los síntomas depresivos, con un tamaño de efecto moderado-alto, mientras que la escucha de música de forma pasiva tuvo un efecto más modesto.
En algunos estudios realizados en residencias, la introducción de sesiones de musicoterapia individual o de grupos de canto se ha asociado a una menor necesidad de fármacos antipsicóticos o sedantes, aunque los autores insisten en que estos datos deben interpretarse con cautela por el pequeño tamaño de las muestras y la heterogeneidad de los programas.
Qué música funciona y por qué
Una de las conclusiones que se repite en prácticamente todos los estudios es que no vale cualquier lista de reproducción al azar. La personalización es clave.
La música que mejor “enciende” el cerebro suele ser la que tiene carga biográfica: canciones de juventud, melodías asociadas a rituales familiares, himnos religiosos, temas que sonaron en momentos de especial importancia para esa persona. Diversos trabajos muestran que este tipo de música autobiográfica desencadena recuerdos más ricos y emociones más positivas tanto en personas sanas como en pacientes con Alzheimer.
También importa el formato. La evidencia apunta a que las actividades activas —cantar, marcar el ritmo, tocar instrumentos sencillos o moverse al compás— generan beneficios cognitivos y emocionales mayores que la simple escucha en segundo plano, sobre todo en el caso de la depresión.
Y, por último, pesa la manera de integrar la música en el cuidado. Las guías basadas en la evidencia recomiendan que, cuando se trata de gestionar síntomas complejos o cuadros avanzados, las intervenciones musicales estén diseñadas o supervisadas por musicoterapeutas profesionales y se coordinen con el resto del equipo sanitario y social.
En contextos familiares, sin embargo, los especialistas consideran razonable utilizar principios básicos: identificar la “banda sonora” de la vida de la persona, evitar volúmenes altos o estímulos caóticos y adaptar la actividad al nivel de energía y atención de cada día.
Esta evidencia científica no es una nota a pie de página, sino parte de la responsabilidad de formar a los músicos del futuro. José Luis de Academia Preludio afirma: «No se trata solo de enseñar a afinar, leer una partitura o dominar un instrumento, sino de ayudar a los alumnos a comprender que cada acorde, cada ritmo y cada melodía tiene un impacto real sobre el cerebro y la vida de las personas, especialmente las más vulnerables. Preparar a las nuevas generaciones de intérpretes y docentes para llevar la música a residencias, hospitales y entornos sociosanitarios es, en última instancia, una forma de transformar su talento en una herramienta de salud y cuidado. Porque cuando un estudiante entiende que su música puede reducir la ansiedad de un paciente, despertar recuerdos en alguien con Alzheimer o simplemente aliviar la soledad de una tarde en una planta de geriatría, el ensayo deja de ser solo un ejercicio técnico y se convierte en algo mucho más profundo: un entrenamiento para cambiar la vida de otros a través del sonido.«






