En España, solo el 39,5% del personal sanitario se vacunó contra la gripe la última temporada debido a la baja percepción de riesgo, dudas sobre la efectividad y una sensación de “no me va a pasar a mí”
La cifra ya no sorprende, pero debería: en España, solo cuatro de cada diez profesionales sanitarios se vacunaron contra la gripe la última temporada. El dato —39,5%— supone una caída clara respecto al impulso de la pandemia (picos por encima del 65%) y vuelve a poner el foco en un colectivo que, por rol y exposición, debería liderar la inmunización, no seguirla a distancia.
El País ha abierto el melón con un reportaje que resume bien el problema: desconfianza en la efectividad, baja percepción de riesgo y un espejismo de “inmunidad de trinchera” tras años de exposición clínica. A esto se suma una brecha territorial llamativa: Extremadura roza tres de cada cuatro sanitarios vacunados mientras Cataluña apenas pasa de uno de cada cuatro. No es una anécdota; es patrón.
Mientras tanto, las metas oficiales no cambian: el Ministerio mantiene el objetivo del 75% de cobertura en mayores, embarazadas y también en personal sanitario y sociosanitario. Ese listón no es capricho; es el estándar europeo para proteger a quienes más riesgo tienen y a quienes los cuidan. La realidad, sin embargo, va por detrás.
Por qué la negativa de los sanitarios a vacunarse
Muchos profesionales subestiman el riesgo personal y, sobre todo, el riesgo de transmisión a pacientes. Los estudios muestran que, cuanto menor es la percepción de riesgo, menor es la intención de vacunarse; además, médicos se vacunan más que enfermería y TCAE, con mayor reticencia en perfiles jóvenes. Es una mezcla de heurísticos (“yo casi nunca caigo malo”), falsa seguridad por exposición continuada y una identidad profesional donde pesa la autonomía: “no necesito esto”.
A esa percepción se suman dudas clásicas: “no es muy eficaz”, “puede dar gripe”, “no está ajustada a las cepas”. En encuestas a sanitarios, las barreras más citadas son falta de tiempo (≈33%), dudas de seguridad (≈31%), miedo a “coger la gripe por la vacuna” (≈29%) y dudas de eficacia (≈23%).
No hay una sola causa, sino un cóctel que mezcla percepción, organización y ruido.
- Eficacia mal entendida. La vacuna antigripal no promete blindaje absoluto, y esa expectativa irreal alimenta el escepticismo. Aun con “desajustes” de cepas, reduce enfermedad grave, hospitalizaciones y muertes. El Instituto de Salud Carlos III recuerda que vacunarse puede reducir a la mitad el riesgo de morir con gripe, en un país donde esta infección se asocia a entre 3.000 y 6.000 fallecimientos anuales. ISCIII Portal Web
- Baja percepción de riesgo profesional. Una parte del personal joven, o que no atiende unidades de alto riesgo, da por hecho que “si toca, será leve”. La evidencia no acompaña esa intuición: los estudios en sanitarios muestran menos bajas por infecciones respiratorias entre vacunados en la 2023/24 (reducción cercana al 72%). Menos absentismo significa también menos presión sobre plantillas ya justas. SciELO España
- Fricción logística. Turnos, rotaciones y múltiples centros. Cuando el pinchazo exige cita, traslado o hacerlo fuera de jornada, cae la adherencia. Allí donde la vacuna “sale a buscar” al profesional (equipos móviles, puntos en cambios de turno), las coberturas suben. El contraste entre comunidades lo ilustra: hay servicios de salud con cifras cercanas al objetivo y otros que no pasan del 25-30%, como reportaban campañas pasadas en prensa regional. Cadena SER
- Mensaje disperso. Recomendaciones que cambian de fechas, canales y tono según la comunidad añaden ruido. El propio reportaje de El País subraya esa mezcla de dudas sobre efectividad, diferencias por categorías profesionales y disparidad territorial.
No es un fenómeno aislado. La ECDC confirma que casi todos los países de la UE/EEE recomiendan la vacunación a personal sanitario, pero las coberturas reales suelen ser discretas, con amplias oscilaciones entre sistemas que optan por el “opt-out” o medidas más exigentes y otros que confían solo en la recomendación. En algunos entornos hospitalarios del norte de Europa, los programas intensivos han llevado las tasas por encima del 80-90%. El contraste señala una pista: política activa y logística fina importan tanto como el discurso.
Cuando el personal sanitario no se vacuna, las bajas se disparan en picos de demanda epidémicos y empeora la atención sanitaria
Cuando el personal no se inmuniza, los brotes intrahospitalarios son más probables y las bajas se disparan en picos epidémicos. El resultado es conocido: camas cerradas, escalas tensadas y demoras en quirófano. En 2024/25 ya se vieron picos de presión asistencial en varias comunidades, con coberturas discretas entre sanitarios; Baleares, por ejemplo, reportó apenas un 27% en su personal en enero. La ecuación es directa: menos vacunación, más interrupciones.






