El pasado 2 de junio, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, viajó a Melilla para inaugurar el nuevo Hospital Universitario de la ciudad autónoma. Una infraestructura que lleva años gestándose —más de 15 desde que se anunciaron los primeros trámites— y que ha costado más de 150 millones de euros. Sobre el papel, supone un gran avance: un centro con 45.000 metros cuadrados, 265 camas y una apuesta clara por la innovación tecnológica sanitaria.
Sin embargo, la puesta en escena del acto político ha encendido una gran polémica. Médicos, sindicatos y parte del colectivo sanitario han denunciado que lo inaugurado no es más que un «hospital fantasma» o una «inauguración fake». Según publicó La Razón, el propio personal sanitario de la ciudad asegura que el hospital aún no está en funcionamiento real. Las urgencias no operan, la UCI está cerrada, no se hacen operaciones, y apenas hay tres consultas en marcha. Es decir: se ha inaugurado un hospital vacío.
Desde el Colegio Oficial de Médicos de Melilla calificaron el acto de “político y electoralista”, recordando que los cinos melillenses siguen sin poder beneficiarse de los servicios que esa infraestructura promete. Algunos sanitarios ironizaban incluso con el hecho de que, tras la visita del presidente, tuvieron que volver a la realidad del día a día… en el hospital viejo.
La crítica no se queda ahí. En el sector sanitario existe un malestar generado por la sensación de que se ha priorizado el rédito político a la utilidad real para los cinos. Un corte de cinta con cámaras, declaraciones pomposas, menciones a la “sanidad del siglo XXI” y mucha foto. Pero sin quirófanos activos ni pacientes.
Huffington Post compartió el vídeo en el que Pedro Sánchez pronuncia un discurso centrado en los logros del Gobierno y en la transformación del sistema sanitario. Habla de inversión, de compromiso con lo público y de modernización. Pero ni una mención a que el hospital, a efectos prácticos, no está funcionando.
El hospital cuenta con sistemas de última generación y está preparado para incorporar servicios punteros, tanto en diagnóstico como en atención. El problema es que eso todavía no ha ocurrido. Lo que debería ser motivo de celebración se ha convertido, de momento, en una campaña de imagen.
Un hospital fantasma que ha costado 150 millones de euros
Lo sucedido con el Hospital Universitario de Melilla es un buen ejemplo de cómo la política puede convertir lo que debería ser un hito sanitario en una operación de marketing. La sanidad pública no necesita titulares, necesita recursos, profesionales y funcionamiento real. Y eso, hoy por hoy, no se ha materializado.
El problema no es solo inaugurar un hospital sin servicios activos. El verdadero error es tratar de venderlo como si ya estuviera al servicio de los cinos. Si los quirófanos no funcionan, si las urgencias siguen en el edificio antiguo y si la mayoría de profesionales aún no han sido trasladados, hablar de inauguración es, como mínimo, apresurado. Y como máximo, una falta de respeto hacia los melillenses, que llevan años esperando este hospital.
Una vez más, la política se adelanta a los hechos. Se corta una cinta, se lanzan eslóganes, se señala al “compromiso con lo público”… pero se deja fuera la verdad más incómoda: que el hospital no está funcionando. Y que lo que se inauguró fue, en esencia, un decorado.
El tiempo dirá si este hospital se convierte en el referente sanitario que se promete. Pero, de momento, ha arrancado con un titular desafortunado que ya ha calado: el hospital fantasma de Melilla. Y eso no se arregla con fotos. Se arregla abriendo quirófanos. Y puertas. De verdad.






