Durante el 2025 se han multiplicado exponencialmente los cortes de luz sin motivo justificado, aumentando los casos de ansiedad en la población autista
Las compañías eléctricas han cortado el suministro eléctrico a más de 100.000 consumidores en 2025 en su mayoría sin causa ni motivo justificado. La mayoría de los casos están relacionados con ‘presuntas’ manipulaciones del contador de electricidad, lo que ha disparado exponencialmente las crisis de ansiedad en la población autista.
Un apagón, para la mayoría, es una molestia pasajera: se apaga la tele, se estropea la cena, quizá se pierde lo que no habías guardado en el ordenador. Para muchas personas autistas, en cambio, ese mismo corte de luz puede sentirse como si el suelo se moviese bajo sus pies.
El riesgo de que un corte de luz dispare la ansiedad es mayor en la población autista que en la población general
No es un capricho ni una reacción “exagerada”. Encaja muy bien con lo que la psicología lleva años describiendo sobre el autismo, la ansiedad y la forma particular en la que el cerebro autista se relaciona con el entorno.
Uno de los elementos más constantes en los relatos de personas autistas es la necesidad de rutina y de previsibilidad. El día no es solo una sucesión de actividades: es una estructura que proporciona seguridad. Lo predecible calma; lo imprevisto descoloca.
Un corte de luz irrumpe justo ahí. De golpe, la casa ya no se ve igual, los dispositivos dejan de funcionar, el móvil pierde cobertura, las rutinas de la noche se trastocan. Las señales habituales del entorno desaparecen o cambian de forma abrupta.
En psicología hablamos de intolerancia a la incertidumbre: esa dificultad para soportar no saber qué va a ocurrir ni cuánto va a durar una situación. En la población autista está mucho más presente que en la población general y está estrechamente ligada a los niveles elevados de ansiedad que muestran los estudios clínicos.
Si para alguien sin esa vulnerabilidad un apagón es un fastidio, para quien vive con un grado alto de intolerancia a la incertidumbre puede convertirse en un detonante claro de ansiedad: ¿Cuánto va a durar?, ¿podré comunicarme?, ¿voy a perder comida, trabajo, medicación?, ¿Qué pasa si vuelve a ocurrir?
Otro elemento clave es el procesamiento sensorial. Muchas personas autistas tienen hipersensibilidad o hiposensibilidad a estímulos como la luz, el sonido, los olores o el tacto. No es un matiz: es un rasgo central que puede determinar cómo se vive algo tan aparentemente simple como una habitación a oscuras.
Cuando se va la luz, no solo llega la oscuridad. Cambian los sonidos: la nevera se calla, el router deja de parpadear, la calle suena diferente. A veces aparecen ruidos nuevos (generadores, sirenas, pasos nerviosos de vecinos…). El silencio también puede resultar extraño, incluso amenazante, cuando se perciben detalles que otros ni registran.
En un sistema nervioso que ya trabaja “a todo volumen”, estos cambios súbitos pueden provocar sobrecarga sensorial: esa sensación de que todo es demasiado, demasiado intenso, demasiado de golpe. La consecuencia suele ser una escalada de ansiedad que puede desembocar en lo que muchas personas autistas describen como meltdown (pérdida de control, llanto, gritos, irritabilidad extrema) o shutdown (bloqueo, quedarse “apagado”, sin poder hablar o reaccionar con normalidad).
Cuando el punto de partida es un nivel de ansiedad ya elevado, cualquier factor externo como un corte de luz puede desencadenar una reacción intensa
La literatura científica es bastante clara: las personas autistas presentan tasas de ansiedad significativamente más altas que la población general, tanto en la infancia como en la edad adulta. Algunos estudios sitúan los trastornos de ansiedad en torno a un tercio de los niños y adolescentes autistas, con cifras incluso más altas si se tienen en cuenta todos los niveles de ansiedad clínica. En adultos, los datos de meta-análisis hablan de prevalencias que pueden rondar entre un 20 y un 40 %, según el criterio utilizado.
No es un detalle menor. Cuando el punto de partida es un nivel de ansiedad ya elevado, cualquier factor externo que desestabilice —como un corte de luz— tiene más posibilidades de desencadenar una reacción intensa.
En psicología se suele hablar de “vulnerabilidad preexistente”. El apagón no “crea” la ansiedad de cero, pero activa un terreno previamente sensible: la necesidad de control, la sensibilidad sensorial, la historia de experiencias negativas con cambios imprevistos… Todo se mezcla y amplifica.
Conviene insistir en algo importante: el autismo es muy heterogéneo. No existe una única forma “correcta” de ser autista, como tampoco hay una única reacción a los cortes de luz.
Hay personas que, sencillamente, no lo viven como un problema especial. Algunas incluso se sienten más cómodas con menos estímulos, con una casa silenciosa y a oscuras. Otras tienen un entorno tan preparado, y un nivel de apoyo tan adecuado, que el apagón apenas les roza emocionalmente.
Lo que sí podemos afirmar con cierto respaldo es que, por la combinación de factores sensoriales, de necesidad de rutina y de ansiedad de base, el riesgo de que un corte de luz dispare la ansiedad es mayor en la población autista que en la población general, aunque no afecte a todo el mundo por igual.
Quizá la clave esté en cambiar la pregunta. No tanto “por qué se ponen así”, sino “qué está pasando dentro de esa persona para que un apagón sea tan intenso”.
Desde la psicología, la respuesta tiene poco de misterio: se juntan un cerebro que procesa el mundo de una manera diferente, una historia de experiencias donde los cambios imprevistos no suelen salir gratis y un entorno que, la mayoría de las veces, no está preparado para amortiguar el impacto.
Detrás de la reacción ante un corte de luz no hay debilidad ni exageración, sino la expresión muy tangible de cómo la ansiedad y la sensibilidad se entrecruzan en el autismo. Entenderlo no enciende las bombillas, pero sí ayuda a iluminar algo igual de importante: la necesidad de adaptar el contexto, anticipar, explicar y acompañar, para que la oscuridad no tenga por qué convertirse en un enemigo más.
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