Al jugador de baloncesto profesional con esclerosis múltiple continua jugando tras 13 años de su diagnóstico
El día que algo empezó a ir mal, Asier de la Iglesia no estaba en una pista abarrotada ni jugándose un tiro libre decisivo. Estaba en casa, haciendo zapping “como un día más”. Al marcar el cinco en el mando de la tele, notó que el dedo gordo de la mano derecha se le dormía. Después fue toda la mano. Después, el brazo. Y todo en cuestión de horas.
Lo comentó casi con desgana al fisioterapeuta del equipo, convencido de que sería una mala postura o un nervio pinzado, algo que se pasaría solo. Pero al día siguiente se le durmió el otro brazo. Luego la espalda. Más tarde, las piernas. Hasta el punto de levantarse, apoyar los pies en el suelo y preguntarse mentalmente: “¿Estoy de pie de verdad?”. Esa desconexión entre su cuerpo y sus sensaciones fue la señal de alarma definitiva. Ya no podía ser “solo un pinzamiento”.
Cuando fue diagnosticado de esclerosis múltiple tenía entonces 29 años. Hoy tiene 42 y sigue jugando al baloncesto profesional pese a los síntomas de la enfermedad
Su médico le habló de una posible causa neurológica y comenzó el maratón diagnóstico: resonancia magnética, punción lumbar y pruebas específicas. En apenas un mes, la palabra que cambiaría su vida apareció por primera vez en su historial: esclerosis múltiple. Tenía entonces 29 años. Hoy tiene 42 y sigue jugando al baloncesto profesional.
La primera reacción de Asier fue tan directa como lo es él: preguntó a la neuróloga si podría seguir jugando. No le interesaban los grandes titulares médicos, sino saber si su trabajo y su pasión tenían continuidad. La respuesta —que sí podía continuar, con seguimiento y tratamiento— le dio algo que en esos momentos vale tanto como cualquier fármaco: calma.
Poner nombre a lo que le pasaba le resultó, en cierto modo, un alivio. Peor habría sido recibir una predicción cerrada sobre lo que ocurriría en seis meses o en diez años. Él prefiere no vivir anticipando catástrofes: “No tengo miedo porque no sé lo que va a pasar”, ha explicado en más de una ocasión.
Lo difícil vino después: contarlo. En su pueblo, Zumárraga, iba explicando que tenía esclerosis múltiple y la reacción se repetía: rostros desencajados, lágrimas, una imagen mental inevitable de bastones y sillas de ruedas. Asier, que se sentía relativamente bien, se encontró con que la palabra “esclerosis múltiple” pesaba mucho más que sus síntomas visibles. De ahí que decidiera hacerlo público en los medios, para evitar dar la noticia una y otra vez y, de paso, poner voz a tantos pacientes que viven con la enfermedad.
La esclerosis múltiple es la segunda causa de discapacidad de origen neurológico en adultos jóvenes, solo por detrás de los accidentes de tráfico.
Más de 58.000 personas viven con esclerosis múltiple en España, con unos 1.900 nuevos diagnósticos cada año, según los datos actualizados del Ministerio de Sanidad. Es la segunda causa de discapacidad de origen neurológico en adultos jóvenes, solo por detrás de los accidentes de tráfico.
La mayoría, como Asier, tienen una forma denominada remitente-recurrente: brotes que aparecen de forma aguda, dejan síntomas más o menos intensos y luego mejoran en mayor o menor grado. Entre brotes puede haber una sensación engañosa de normalidad. Eso hace que la enfermedad sea, muchas veces, difícil de comprender desde fuera.
Él mismo lo reconocía: cuando oía “esclerosis múltiple”, solo imaginaba personas con bastón o en silla de ruedas. Después entendió que la mayor parte del iceberg está bajo la superficie. La fatiga, el dolor, los trastornos sensitivos, los problemas de visión, las alteraciones de la vejiga o del sueño son, en muchos casos, imposibles de detectar a simple vista.
En su caso, la huella más clara es la sensibilidad: si cierra los ojos, siente como si fuera desnudo bajo la ropa; le cuesta percibir texturas y temperaturas; jugar al baloncesto sin notar bien la yema de los dedos le obligó a reaprender los gestos más automáticos del juego. A eso se suma una vejiga hiperactiva, fatiga crónica e insomnio casi permanente: asegura dormir apenas dos horas al día desde que convive con la enfermedad. También perdió la visión de ambos ojos en un brote y solo la ha recuperado por completo en uno de ellos.
Pese a todo, sigue en la pista. Ha pasado por cinco tratamientos en trece años, desde medicaciones diarias que debía conservar en frío hasta un pinchazo mensual que le permite olvidarse un poco de la enfermedad el resto del tiempo. Mientras, entrena también la cabeza: juega al ajedrez una hora al día y realiza ejercicios cognitivos y de logopedia, convencido de que el fármaco es solo una parte del abordaje.
Fuera del parquet, fundó la asociación Baila con EM, desde la que recauda fondos, organiza partidos benéficos y acompaña a otras personas recién diagnosticadas. Su objetivo es que, cuando alguien escuche por primera vez “tienes esclerosis múltiple”, tenga también delante la imagen de alguien que, 13 años después, sigue trabajando, practicando deporte y haciendo planes.

A partir de su historia, conviene detenerse un momento en lo que muchas personas se preguntan: ¿Cómo se manifiesta la esclerosis múltiple? ¿Qué síntomas deben encender las alarmas?
Síntomas de la esclerosis múltiple
La esclerosis múltiple es una enfermedad autoinmune que afecta al sistema nervioso central —cerebro y médula espinal—. El propio sistema inmune ataca la mielina, esa capa que envuelve y protege las fibras nerviosas. Cuando esa “funda” se daña, la transmisión de los impulsos se vuelve lenta, irregular o se interrumpe, y de ahí surgen los síntomas.
No existe un “síntoma único” que la defina. De hecho, uno de los grandes retos es precisamente su enorme variedad: prácticamente cualquier función controlada por el sistema nervioso central puede verse afectada. Aun así, hay patrones que se repiten y que las principales guías clínicas y asociaciones de pacientes describen con bastante claridad.
Síntomas sensitivos como hormigueos, entumecimiento y dolor
En muchas personas, los primeros avisos son sensaciones extrañas en manos, brazos, piernas o cara: hormigueos persistentes, pequeñas descargas, pinchazos o la sensación de que una parte del cuerpo “se ha dormido” sin motivo aparente. En otros casos aparece una pérdida parcial de sensibilidad: cuesta notar el contacto, las texturas o el frío y el calor, como le s컞 a Asier.
También puede darse dolor neuropático, un dolor quemante o eléctrico que no se explica por un golpe o una lesión externa. No es el síntoma más visible, pero más de la mitad de las personas con esclerosis múltiple lo presentan en algún momento.
Síntomas motores y del equilibrio como debilidad, rigidez y torpeza
Otra familia de síntomas muy frecuente tiene que ver con el movimiento. Pueden aparecer debilidad en una pierna o un brazo, sensación de pesadez, dificultad para subir escaleras o para mantener el equilibrio al caminar. La espasticidad —rigidez muscular, tirones, calambres— es otro sello habitual de la enfermedad y está directamente relacionada con la afectación de las vías motoras en la médula y el cerebro.
A veces estos síntomas llegan de forma brusca, en un brote, y mejoran con tratamiento y rehabilitación. En otros casos dejan secuelas que obligan a adaptarse: cambiar la manera de caminar, usar ayudas técnicas, reorganizar tareas cotidianas.
Síntomas en el nervio óptico como la visión borrosa o dolor ocular
Una de las manifestaciones clásicas de la esclerosis múltiple es la neuritis óptica, la inflamación del nervio óptico. Puede provocar visión borrosa, pérdida parcial o total de la visión en un ojo, dolor al moverlo o ver los colores más apagados. En algunas personas, como en el caso de Asier, la pérdida de visión puede ser bilateral durante un brote y recuperarse solo de forma parcial.
También pueden aparecer episodios de visión doble o sensación de que “todo se mueve”, consecuencia de la afectación de la coordinación entre los ojos y los centros del equilibrio.
Fatiga y agotamiento que provocan problemas de atención, mala memoria, lentitud…
La fatiga en la esclerosis múltiple no es simplemente estar cansado. Se trata de un agotamiento profundo, desproporcionado con el esfuerzo realizado, que puede aparecer incluso después de tareas sencillas. Muchas personas la describen como “un peso encima del cuerpo” o “quedarse sin batería de golpe”.
A este cansancio se suman con frecuencia dificultades cognitivas: problemas de atención, fallos de memoria reciente, lentitud para procesar información, o sensación de “mente nublada”. No siempre son intensos, pero pueden afectar al rendimiento laboral o académico. También son comunes los cambios en el estado de ánimo, con mayor riesgo de ansiedad y depresión, no solo por el impacto psicológico del diagnóstico, sino también por las propias lesiones en determinadas áreas cerebrales.
El insomnio que relata Asier es un ejemplo de cómo estos elementos se mezclan: la alteración del sistema nervioso, la preocupación y los síntomas físicos alimentan un círculo que es necesario abordar de forma integral.
Síntomas urinarios, intestinales y sexuales
La esclerosis múltiple puede afectar a los circuitos que controlan la vejiga y el intestino. De ahí que aparezcan problemas para retener la orina, necesidad urgente y frecuente de ir al baño o, en el extremo contrario, dificultad para iniciar la micción. Algunas personas sufren infecciones urinarias de repetición asociadas a este mal vaciado.
También son frecuentes el estreñimiento, las alteraciones de la función sexual (pérdida de deseo, dificultad para alcanzar el orgasmo, disfunción eréctil en el caso de los hombres) y otros síntomas autonómicos menos conocidos, pero muy relevantes para la calidad de vida.
Brotes en al esclerosis múltiple
En la forma remitente-recurrente, la más habitual y la que tiene Asier, los síntomas aparecen en episodios agudos —brotes— que duran días o semanas. Después llega una fase de remisión: parte de los síntomas desaparece y otra parte puede quedar como secuela. El tratamiento con fármacos modificadores de la enfermedad busca precisamente reducir el número de brotes y su intensidad.
En otras formas, como la progresiva, los síntomas avanzan de manera más lenta pero constante, sin brotes tan claros. En cualquier caso, la heterogeneidad es la norma: no hay dos pacientes iguales, y el mismo diagnóstico puede traducirse en vidas muy diferentes.
Cualquier síntoma similar a los de la esclerosis múltiple son motivo suficiente para ir al médico y pedir una evaluación neurológica.
La experiencia de Asier de la Iglesia deja una lección que va más allá del deporte: un brazo dormido puede no ser nada; dos brazos, la espalda y las piernas en pocos días sí son motivo para ir al médico y pedir una evaluación neurológica.
El diagnóstico de la esclerosis múltiple se basa en la combinación de la historia clínica, la exploración neurológica, la resonancia magnética —que permite ver las lesiones en el sistema nervioso central—, el estudio del líquido cefalorraquídeo y otras pruebas como los potenciales evocados. Detectarla pronto es clave para iniciar el tratamiento antes y reducir el impacto de los brotes a largo plazo.
Asier dice que afronta cada brote como una lesión más, como tantas otras que ha superado a lo largo de su vida. Ha pasado por atropellos, accidentes y quirófanos, y ahora por fármacos, resonancias y revisiones periódicas. Su mensaje, sin embargo, no es de heroísmo vacío, sino de algo más sencillo y difícil a la vez: “La esclerosis múltiple no implica infelicidad, implica adaptación”.
Conocer los síntomas, saber que muchos de ellos son invisibles y asumir que la vida puede seguir —aunque cambien las reglas del juego— es parte de esa adaptación. Él lo hace desde una pista de baloncesto y desde una asociación que se llama, con toda intención, Baila con EM. Cada cual encontrará su propio escenario, pero el punto de partida es el mismo: entender qué está pasando en el cuerpo y no dejar que el miedo al diagnóstico silencie los primeros avisos.






